Definir el perdón es tan difícil o improbable o inexacto como definir a dios o al diablo.
El perdón es un concepto amplio en su definición pero particularmente estrecho cuando lo pasamos por el filtro de nuestra subjetividad.
¿Debe o puede perdonar una madre al asesino de su hijo?
¿Debe o puede perdonar un robado al ladrón de sus ahorros o el lastimado al agresor que lo dejó lisiado?
¿Debe o puede perdonar el traicionado en su buena fe al traidor de la buena fe ajena?…
Y bueno, mil preguntas que obtienen - en mi opinión - una única respuesta: depende.
Sí, depende del tamaño de la capacidad de sufrir de la víctima. Cuanto mayor sea, menor será la posibilidad de que perdone (en general las personas no aguantan y caen vencidas ante el borrón y cuenta nueva).
Lo interesante es que nuestra capacidad de perdonar o de no perdonar es mutante. Cada situación puede llevarnos a perdonar o no, según nuestro estado de espíritu en el momento; el estado de nuestra cuenta en el banco; lo bien o mal que nos vaya en cuestiones de amores; los aplausos o los silbidos que recibamos en nuestro trabajo, y así por delante.
Yo perdono o no. Lo que hoy perdono mañana no lo haré, y viceversa. Por eso es un tema muy difícil de desarrollar.
Espero que me perdonen por no saber si perdono o si me perdono o si los perdono. Errar es divino, perdonar es humano. Por eso a veces somos dios y a veces somos lo que somos.
Te adelanto una novedad: nuestras fotos – la .jpg que me mandaste y la copia de la .gif que te envié – pasaron la noche juntas.
Sí - mea culpa, mea máxima culpa - inadvertidamente las transferí a la carpeta Temp y hoy no sé cómo amanecieron en la carpeta “Confidencial”, y tanto mi rostro cuanto el tuyo reflejaban señales indiscutibles de cansancio, y nuestras miradas avergonzadas eran una prueba irrefutable de lo ocurrido durante la noche.
Indicios incuestionables de lo sucedido: nuestros cabellos despeinados y las ropas arrugadas, como si hubieran sido vestidas apuradamente cuando escucharon mis pasos a medida en que me acercaba a la “escena del crimen”.
Ambas fotos estaban completamente fuera de foco, contrariando el estado en el que las dejara ayer. Ojeras profundas y una sombra de saciedad estampada en nuestras facciones completaban el cuadro.
La escena reflejaba con fidelidad meridiana el “después” tradicional, delatando en los pequeños detalles que la batalla fue larga e intensa. Los botones de tu blusa desparramados por los cuatro rincones de casi todos los programas; mis zapatos dentro del archivo de las músicas; tus medias colgando del Outlook Express, y de la pantalla del monitor emanaba un fuerte aroma de perfume virtual, del tipo que despierta todos los sentidos y atiza todos los deseos.
Al mirar todo eso recordé que durante la noche escuché ruidos producidos en la habitación donde tengo la computadora, los cuales, mezclados con mi somnolienta imaginación, me “activaron”. Sí, sonidos conocidos, onomatopeyas que sin necesidad de traducción relataban todos los detalles de lo que estaba ocurriendo.
Aún resuenan en mi memoria los ecos de una voz femenina recitando lo que parecía ser un poema envuelto en lágrimas y suspiros, y de una voz masculina declamando susurros suaves, incomprensibles y excitados.
En fin, aunque me encontraba en ese territorio indefinido en el que ni se está dormido ni se está despierto, tuve la sensación de que algo estaba sucediendo, porque en ese estar despierto aunque durmiendo me sentí tenso, pero la verdad sea dicha, como sentirme tenso era una sensación gratificante, dejé que el nirvana continuase, cerrando aún más los ojos y “abriendo” lo más que pude los oídos.
Sumergido en la oscuridad total de mi cuarto adivinaba – o imaginaba - las caricias que se intercambiaban en la otra habitación, dentro del monitor. Los besos descompactados, los labios maximizados, las caricias retocadas, el espasmo amplificado.
Bueno… Cuando el despertador me introdujo de nuevo en la realidad, lo primero que pensé es que seguramente tu foto había seducido a mi imaginación, generando unas ganas de, un querer que, y pensando en esas cosas fui a ducharme, y después a desayunarme, y luego a buscar el correo de “carne y hueso”, y finalmente vine a ver si había llegado alguna carta electrónica que no fuera una cuenta o una invitación a probar una nueva versión de Viagra o la fórmula que por unos pocos dólares permite aumentar en muchos centímetros el tamaño de mi “Ego”.
Fue entonces – como te dije – que encontré las fotos en el suelo de la carpeta, manchadas me imagino de qué, y desenfocadas me imagino por qué.
Es por todo lo dicho, pero principalmente para intentar demostrarte la seriedad de mis intenciones, que te cuento que al ver las fotografías en tal estado – y luego de haber recuperado la tranquilidad y el equilibrio emocional perdidos cuando descubrí el abuso cometido por la mía – activé los botones correspondientes y ampliando la imagen hasta ocupar toda la pantalla recompuse todos los detalles, desarrugando tu ropa, peinando tus cabellos, vistiendo tus piernas con un nuevo par de medias made in Photoshop, configurando el brillo justo de tus ojos, borrando las ojeras y eliminando los hematomas de tu pescuezo, y antes de archivarlas en la carpeta adecuada contemplé todos los bites y kilobites de tu imagen – uno por uno – y no pude dejar de imaginar el abuso sufrido por tu .jpg, y al comprender la osadía brutal de la versión .gif de mí mismo, casi enloquecí de odio de mi foto. De rabia de mi foto. De envidia de mi foto.
La verdad es que a mí esos inventos de la tecnología para controlar al hombre no me sorprenden ni me asustan, habida cuenta la experiencia acumulada sobre el tema que todos nosotros cargamos en nuestra mochila.
El chip de la educación y la cultura, que nos programa para gustar y desgustar, para juzgar sin titubear, para construir y destruir, todo según los cánones establecidos por los mandamases de la Historia.
El chip de la ideología, que como el chip de los dogmas y de la fé nos amortaja entre un par de verdades indiscutibles e insuperables, coartando nuestra libertad de comparar para poder elegir.
El chip de la libertad, que a ejemplo del de la tiranía, nos impide ejercer el libre albedrío.
El chip del chip, que nos enseña a adorar al chip hijo como si fuera el padre de todos los milagros.
Y así sucesivamente, hasta que el chip diga ¡basta! y apague la luz de la razón.
Sobre ese tema también escribí algo sugerido por el chip de la curiosidad que llevo plantado en algún lugar desconocido de algún chip oculto en algún rinconcito de no sé dónde de mí mismo:
HOMO CIBERNETICUS
Es un secreto a voces que el útero cibernético cobija algunos prototipos embrionarios de ciertos especimenes de agentes del sinsentido que actúan en la red de forma incógnita, disfrazados de inocentes poetas o de honrados fabricantes de felicidad sintética, dedicándose de hecho a la innoble tarea de alfombrar con teoremas indemostrables y ecuaciones inexplicables el camino que conduce al callejón sin salida de un futuro grisáceo en el cual dejaremos de pensar para apenas obedecer, y renunciaremos a ser para apenas estar.
Lo que más se hará notar en ese mañana que toca el timbre de nuestras vidas es que la computadora dejará de ser un apéndice útil y necesario del ser humano, ya que ese homo cada vez menos sapiens habrá claudicado ante el desarrollo tecnológico y renunciado a desempeñar el papel de amo y señor de sí mismo que protagoniza actualmente, transformándose por acción inducción y omisión en una mera extensión de la máquina, y ésta, en un gesto de agradecimiento por esa rendición incruenta del ser de carne y hueso, eliminará de la vida de su nuevo súbdito - con apenas pulsar la tecla “Borrar” - todas las dudas, esperanzas, sueños y devaneos que aniden en su registro sensitivo.
A partir del momento de la capitulación, al nuevo esclavo le bastará un simple abrir y cerrar de programa para ser adiestrado sobre lo que pueda y deba decir; sobre cuándo debe hacerlo; sobre quién es el que manda aquí; sobre por qué obedecer sin chistar, y principalmente, sobre cómo y cuándo memorizar el libro, el discurso, el cuento, la consigna o el poema virtual que ella le indicará como lectura obligatoria.
Después de recibido el download del libro o cuento o consigna o discurso o poema virtual,le será transmitido por correo electrónico cifrado el comentario oficial sobre el sentido de dicho libro, discurso, cuento, consigna o poema virtual, así como también una sinopsis en formato .txt del perfil de todos los personajes importantes, y, como no podría faltar, una moraleja que resuma en pocas palabras lo que deberá archivar en su memoria y comentar sobre el tema. Concluído dicho proceso, la computadora lo desconectará hasta que lo necesite para continuar educándolo en las artes de la vida cibernética.
Los pocos que nos opongamos a esa tiranía “megabáitica” (desde ya meincluyo)seremos internados en centros de reeducación financiados con el 0,7% de los ingresos netos de Microsoft, y los que no queramos o no podamos adaptarnos al nuevo modus vivendi seremos enclaustrados en la Base de Guantánamo para que cumplamos allí la condena de vivir enjaulados en minúsculos archivos zip hasta que el Comando General de los analistas de sistemas del régimen juzgue que nuestra peligrosidad social ha sido erradicada y sustituida por una obediencia sin preguntas ni fisuras.
Lo único que ellos olvidan al intentar programar científicamente la mundialización de la obediencia, es que a ejemplo de lo que siempre ocurrió a lo largo de la Historia, los mandamases de turno podrán impedir que la gente se mueva, que se mire, que actúe, que conteste, que discuta, que proteste, que combata, que conspire, que acuse y se defienda, pero no somos pocos los que sabemos a ciencia cierta que no existe ni se inventará programa internético ni futuro cibernético o password indescifrable que impida a los que no nos arrodillemos el pleno ejercicio del derecho de pensar por cuenta propia, y está comprobado que ese instinto de supervivencia es un virus letal que tarde o temprano atacará y destruirá los fundamentos del sistema del pensamiento único, porque a la postre descubriremos un modus operandi que nos permita actuar desde la inamovilidad perpetua a la que hayamos sido condenados y así lograr inyectar una sobredosis de humanidad en las arterias del código del programa que transforma personas en números y computadoras en armas de destrucción masiva.
Cuando eso ocurra - y que nadie dude que tarde o temprano ocurrirá - volveremos a ser los arquitectos de nuestra vida; los directores de nuestra orquesta; los amos y señores de nuestros fracasos; los artesanos de nuestro futuro.
Confío plenamente que en el mundo que emerja de los escombros del presente volveremos a ser felices para siempre, y colorín colora… XPTO… BZZZ… XHJR… 1000110111000 110011 1100 10111010 SU PASSWORD… KAPUT….
¡ATENC… ATENCI… ATENCIÓN!
Mensaje codificado del programador ideológico.
Asunto: OPERACIÓN SILENCIO EN LA NOCHE
Éxito absoluto. Intrusión completada. Transmitiendo desde la computadora infectada. Virus humanístico identificado como siendo del tipo Bruno Kampel y similares (virus subversivo de máxima peligrosidad que ataca el sistema nervioso central de la Teoría Fundamental Del Pensamiento Único, provocando daños directos, laterales y colaterales irreparables tanto para la robótica y la informática cuanto para los ideólogos del silencio everente).
El insurgente opuso feroz resistencia pero fue capturado vivo. Encarcelado en carpeta de máxima seguridad. Desactivada su dialéctica y anestesiada su percepción sensorial. Compactado su libre albedrío. Minimizados sus efectos secundarios.
Transferido por conducto codificado al Ministerio de Defensa del Mundo Internético para estudio y posible descubrimiento y manufacturación de un antivirus eficaz que neutralice su capacidad de pensar, razonar, discernir, entender y concluir.
Una negritud, una tormenta, un gris cansado. Una ventana amordazada. El eco del odio opacando el futuro. Una reumática verdad arrodillada. Una venganza reciclable. Un fracaso acaso pagano, acaso divino, acaso un zarpazo.
Dos verdades a medias. La esperanza encarcelada en sendas celdas.Una bomba políglota firma solemnemente la hipoteca del mañana. Una mirada bizca de destrucción masiva eructa consignas manchadas de intolerancia. Unos muertos inocentes y otros vivos bien culpables. Tres tigres de pólvora afilan sus uñas colaterales, mientras seiscientos ocho motivos para que la paz sea posible agonizan por decreto sin pena ni gloria. Una desvergüenza indomable. Un Oriente Medio partido al medio y dos pueblos en pedazos. Una región, tres religiones, mil desencuentros. Y no hay vuelta que darle. Dios no existe, diría el susodicho si existiera.
Como siempre, mueren inocentes por serlo y mandan los culpables por igual motivo. En todos los idiomas. En todos los canales. Siempre habrá quien patrocine la guerra, quien glorifique la muerte, quien aproveche la sangre. Siempre faltarán voces que griten la verdad y manos que aplaudan la esperanza.Y así son las cosas, porque así lo quiere cada uno de los mandamases del Apocalipsis de turno. Sangre que te quiero sangre, gritan los necios mientras disparan sin piedad ni puntería sus ráfagas de adjetivos descalificativos.
La realidad me puede, y entonces, borracho de desesperanza, lloro consignas impotentes que discursan lágrimas que riegan sin pena ni gloria las raíces de un sueño milenario que palpita en mi memoria.
No nos pudieron siglos de persecuciones. No nos derrotaron ni la Inquisición ni los pogromos ni la segregación ni el genocidio ni la intolerancia de nuestros vecinos.
Los únicos capaces de derrotarnos somos nosotros mismos, si no aunamos fuerzas, si no unificamos discursos, si no nos aceptamos con todos los matices que nos diferencian como personas y nos caracterizan como pueblo.
Que nadie tenga la menor sombra de duda: O sumamos, o sonamos.
“Cuando sembramos bombas y no semillas, germinan muertos y no flores.
Cuando vivir es el pretexto para matar, o morir sin motivo es el precio de vivir, los inocentes riegan con su sangre los jardines donde florecen las victorias militares.
El oscurantismo religioso y la prepotencia militar son dos peligrosísimas minas de destrucción masiva que - disfrazadas bajo la piel aterciopelada del amor a Dios o a la Patria - esperan ansiosas el momento de ser pisadas por gente como nosotros, que lo único que pide y quiere es poder caminar en paz”.
Lamento informarles que según las últimas noticias y declaraciones extraoficiales recogidas junto a las fuentes más creíbles e increíbles, Noel (a quien algunos llaman de Santa Claus o de San Nicolás) y los reyes magos están pensando y pesando seriamente la posibilidad de no aparecer como de costumbre la noche del 24 de diciembre uno y el 6 de enero los otros para tocar el timbre del arbolito de navidad o para abrir la puerta de los zapatos de los niños cristianos, porque los pobres no esconden que tienen pura y simplemente miedo de venir.
Según lo declarado por esas mismas fuentes, Noel y los tres reyes saben que si aparecieran como de costumbre correrían el riesgo de ser sitiados dentro de los territorios ocupados por el ejército israelí, y acusados de componer una temible célula terrorista.
También saben que si no fueran sitiados y decidieran visitar a los cristianos de Yaffa, en Tel-Aviv, el trineo de Santa Claus y los camellos último modelo de los reyes magos podrían volar por los aires por obra de un suicida palestino que se hubiera infiltrado clandestinamente en una de las bolsas de los regalos.
Y ellos saben también - y muy bien sabido - que si aparecieran por Washington ciertamente serían deportados a Guantánamo sin que ni siquiera les dejaran abrir la boca para justificar su presencia en los Estados Unidos sin estar en posesión de la visa obligatoria, ni mucho menos para intentar probar que los fusiles y las ametralladoras de plástico encontradas por la CIA dentro de las grandes bolsas que cargaban en sus espaldas no constituyen una amenaza contra el gran, inteligente, culto y admirable pueblo norteamericano.
Papá Noel y Melchor, Gaspar y Baltasar, tampoco desconocen el hecho de que si se les ocurriera poner los pies en Río de Janeiro o San Pablo, en Montevideo o La Paz, en Bogotá o en Ciudad de México, en Asunción o Caracas, en un abrir y cerrar de ojos estarían sin su ropa, sin los regalos, el trineo sería contrabandeado para el Paraguay y los camellos junto con los ciervos serían sacrificados para con ellos intentar engañar al hambre y al desempleo que insiste en decir la última palabra en esos lugares.
Los pobres magos y el gordito de la barba blanca también están absolutamente seguros de lo que les ocurriría si mostraran la puntita de la nariz en España: serían rechazados en la frontera por no ser ciudadanos de uno de los países que componen la Comunidad Europea, o de algún otro habitado por cristianos blancos o nipones ricos o capitalistas de todos los tamaños y colores, y al pobre de Baltasar lo tirarían directamente al estrecho, por negro, por pobre y por extranjero.
¿Y qué decir si aparecieran en Argentina?… A ellos no les cabe la menor duda de que en menos de lo que canta un gallo serían víctimas de un secuestro relámpago cuyo rescate sería abonado por la Embajada del Vaticano.
Entonces, ni qué hablar si decidieran darse una vueltita por Irak… Bush y Cia. inmediatamente los acusarían de ser miembros de la cúpula de Al-Qaeda y de llevar dentro de la doble joroba de los camellos y de la bolsa de Herr Nicolás, terribles armas biológicas de destrucción masiva, hecho que inmediatamente sería confirmado a la CNN y a la cadena Fox por fuentes absolutamente anónimas.
Y si tuvieran la idea de aparecer en África o en el interior de América Latina… ¿se imaginan?.. Ellos sí saben muy bien que no tendrían coraje de mirar dentro de los ojos de los que un poco más tarde morirán de hambre, ni de escuchar los pálidos quejidos de los niños que unos minutos después morirán de sed, ni mirar en el fondo de los ojos vidriosos o fijar la mirada sobre los labios deshidratados de los que ya murieron de hambre o no resistieron a la sed.
Y si ellos…
Bueno… la lista que recibí es realmente muy larga. Creo que para muestra sirve un botón. Lo que sí… si recibo nuevas informaciones prometo contárselas en vivo y en directo.
Un saludo desde el dobladillo de un año que sabe que tiene los días contados.
La muerte. Punto final. No cielo no infierno. No reencarnación o purgatorio. Como las hojas del árbol. Como el deceso de un perro. Borrón sin cuenta nueva. El fin definitivo de una rosa o mariposa o de una hermosa dama es la muerte que es la madre de la nada. Como antes de la vida. Nada por aquí, nada por allá. Después apenas los olores a, los ecos de, los sabores sabiendo a pasado, y sanseacabó. Morir es demostrar el teorema de la vida.
Recién en los dos últimos meses había asimilado la situación sui géneris en la que se encontraba. A decir verdad y para su descargo, durante los meses anteriores estuvo tan ocupada con asuntos tremendamente vitales para su persona que no le había sobrado tiempo para comprobar que se encontraba ante una verdadera encrucijada.
La señal de alarma sonó cuando finalmente entendió que para su madre ella no pasaba de ser un simple objeto sin voluntad propia.
Sí. A su madre no le bastaba con obligarla a comer lo que a ella se le antojaba, sino que también la forzaba a escuchar esas músicas horribles que a ella le gustaban, e ir a dormir a la hora que ella decidía En fin, un verdadero estado de esclavitud. Y todo ocurría porque su madre se aprovechaba del hecho de que ella no era una persona adulta e independiente.
Era una sensación de impotencia que se adueñaba de todo su ser, ya que no sabía como terminar con ese régimen de “libertad vigilada” en el que su madre la mantenía.
Particularmente molesta la dejaba la manía de su madre de planear su futuro, como si ella no tuviera nada que decir al respecto. Era suficiente que apareciera cualquier visita para que su madre empezara: que estudiaría ingeniería, y que cursaría el Máster en Massachusetts, y que esto y que lo otro y que lo demás, y así seguía hasta que la visita se marchara.
Y así fue viviendo todos esos meses, con su libertad restringida y sufriendo en silencio, buscando desesperadamente una solución que la liberase, ya que sabía que no aguantaría por mucho tiempo más.
Una mañana - cuando ya estaba casi resignada a aceptar su triste destino - escuchó los gritos de su madre pidiendo por favor que llamaran por teléfono al servicio de ambulancias porque se sentía muy mal. En menos de diez minutos la ambulancia llegó y toda la familia partió hacia el hospital.
Durante el camino, mientras la ambulancia volaba por las calles como vuelan todas las ambulancias, adoptó una decisión que - así pensaba - le facilitaría el camino para poder ser la dueña de sí misma, para poder decidir qué hacer, cuándo hacerlo, cómo hacerlo, ya que se vive una sola vida y no es justo no aprovecharla al gusto de uno.
Entre sacudón y sacudón, entre curva y curva, se prometió que a partir de ese mismo día dejaría que su madre pensara que es ella la que manda, la que decide, la que elige, la que planea, pero usando mucho tacto para no herirla, haría lo que ella misma decidiera, eligiera, planeara.
Cuando su madre viniera con aquello de “¡Carmiña, haz esto! ¡Carmiña ponte la blusa amarilla! ¡Carmiña, a las diez en casa! ¡Carmiña, a estudiar Ingeniería!”, ella respondería a todo “sí mamá”, y haría lo que bien entendiera…
Así transcurrió el viaje mientras la idea salvadora iba tomando cuerpo y forma, hasta que la ambulancia finalmente llegó al hospital y Paloma fue inmediatamente atendida por el médico de turno, quien al comprobar la urgencia del caso ordenó su inmediato ingreso.
Y allá se fue Paloma, viajando en una camilla, hasta que se perdió de vista atrás de una puerta, de la misma puerta por la cual, menos de media hora después, aparecía el rostro sonriente de una enfermera anunciando a todos que el parto fuera normal y que Carmiña nació sin cualquier contratiempo.
Sus piernas se abrazaron al temblor de mis vaivenes, y mi sudor bautizó la piel de gallina de sus senos. Mi lengua bailoteó al compás de su lujuria, y su lascivia acarició la rigidez de mi deseo. A galope de las horas que miraban de reojo el toma y daca, nos brindamos sin palabras, nos tuvimos sin fronteras, prometimos y juramos, penetramos y salimos, procuramos y encontramos, y encendidos explotamos. Desde las bambalinas del nirvana, el amanecer dejó caer su telón sobre nuestros cuerpos exhaustos, poniendo punto final a la función de gala de nuestra noche de amor.
La soledad es la Capital del silencio y el país donde habitan todas las ausencias. Es una ciudad poblada de calles que no terminan, de esquinas que no se cruzan, de nubes que siempre llueven, de humanos que no se entienden, de extraviados que no se hallan, y siempre que nos dejamos hipnotizar por sus silencios inmortales y sus respuestas sin preguntas, resbalamos hacia las entrelineas de nuestra angustia existencial, porque nos transformamos en mero palco en el que el miedo a tener miedo de estar solos puede más que el deseo de no estarlo; y el silencio que nos prohíbe vocalizar lo que pensamos y sentimos habla más fuerte que la necesidad de esgrimir sonoramente la palabra; y el temor reverencial que el callar y temblar nos impone es más fuerte que las ganas de gritar de alegría y temblar de emoción con que soñamos.
He muerto de amor más de dos veces. De dolor ni sé muy bien sacar la cuenta. De cansancio coseché no menos de tres muertes semanales. De miedo fallecí puntualmente los miércoles y viernes. De alegría no muchas pero han sido muertes bienvenidas. De rabia tantas que mejor es olvidarlo, y de arrepentimiento menos de las muchas merecidas.
Para justificar la simetría con que la vida escribe sus sentencias, también he resucitado del fracaso con un par de lecciones aprendidas, y al dolor lo curé con un poco de esperanza, y al temor lo asusté con un par de carcajadas, y a la alegría logré desenterrarla antes que exhalara su último suspiro.
Estoy harto de tanto morir y renacer. De tanto llorar para aprender a reír. De tanto dolor para volver a esperar. De tanto odiar para saber perdonar.
¿Será eso la vida?… ¿Será eso la muerte? ¿Será el nacer un resultado del morir? Será el terminar la piedra fundamental del empezar? ¿Será todo eso o viceversa?
El que sepa la respuesta por favor que hable ahora o calle para siempre.
No sé qué decir. Ni cómo hacerlo. No lo sé. Ni sé si saber es mejor. Sisaber es poder. Si saber es querer.
Tengo un nudo en la garganta que es la cárcel de mis días, que es la penaque me acosa, que es la letra de este tango que yo bailo en mis recuerdos yla leña de este fuego que me incendia la memoria.
¿Qué decir?… ¿Cómo hacerlo?… si no hay vuelta que darle a este nudo malparido que no afloja ni se olvida que es un nudo en la garganta.
Espero sinceramente que ninguna de mis utopías se realice. Aunque parezca cosa de locos, pienso que la única forma que existe para que la utopía siga respirando, es alejándola de la realidad, porque ésta transforma manos en puños cerrados en un santiamén; corrompe principios y valores en menos de lo que canta un gallo; obliga a la esperanza a aceptar al pragmatismo como dueño y señor de la verdad de turno. O sea, la utopía sufre una metamorfosis sutil que la transforma en la antítesis de sí misma.
Los sueños, sueños son, y por eso pertenecen al mundo de las utopías. Sacarlos a pasear por las anchas avenidas de la realidad es una temeridad que no me permito practicar con los míos.
Aprendí en carne propia que la realidad marchita todo lo que toca, arruga todo lo que agarra, mientras que la utopía es inmortal y siempre joven. Como la felicidad, a la que conviene mucho más buscarla que encontrarla, porque la búsqueda es esperanza, y el encuentro el inicio del anticlímax.
Ojala los hechos pudieran probarme que estoy equivocado…
Cuando éramos niños nos enseñaban a creer ciegamente en los cuentos de hadas, en monstruos peligrosos, en brujas traicioneras, en un papá Noel pilotando su extraordinario trineo convertible, en un dios de la bondad, en la infalibilidad de los diez mandamientos y en la fé ciega en nuestros semejantes.
Así pasamos la infancia, hasta que los años - sin piedad ni decencia, sin perdón ni vergüenza - hicieron subir el telón, dando comienzo a la función de gala de la vida, en la cual quedaron expuestas las patas de palo de nuestras ilusiones infantiles y de nuestras verdades infalibles. Era la señal que nos indicaba que nos hiciéramos adultos y que debíamos archivar para siempre la mala costumbre de mirar el lado oculto de la luna y suspender nuestras discusiones estériles con los pájaros y nuestras charlas matutinas con las hormigas, quedando definitivamente prohibida la presencia de las utopías infantiles en nuestro cotidiano ejercicio de envejecer.
Entonces, ya como adultos y para no perder la cordura, inventamos otros símbolos mágicos a los cuales nos agarramos con las uñas y los dientes de nuestro instinto de supervivencia para intentar seguir flotando sobre las agitadas aguas del mar del tiempo.
A las hadas de otrora las transformamos por arte de magia en los cantores y actores famosos de hoy; los monstruos y los dragones se convirtieron en comunistas o terroristas o imperialistas que nos amenazan desde los balcones de los principales titulares de la prensa; las brujas malvadas se transformaron en suegras o ex-esposas; el duende amable, el fantasma amigo y el hada madrina cambiaron sus nombres para Visa, Diner’s y Mastercard; papá Noel se cortó la barba, se puso traje y corbata, cambió su trineo por un descapotable súper sport y apareció disfrazado de gerente de crédito; los diez mandamientos sufrieron una brutal metamorfosis y pasaron a ser los diez pagarés de la hipoteca, y todo eso ocurrió sin que ni siquiera nos hayamos dado cuenta que estábamos hundidos definitivamente en la dura y áspera realidad desde el momento en que el peso de la verdad hizo que nuestra inocencia naufragara en el turbulento río de la vida.
No cabe la menor duda que podría seguir hablando del fin definitivo de las ilusiones, de la pérdida irrecuperable de la inocencia, de la total falta de credibilidad de las leyendas, pero prefiero parar por aquí antes que los malos espíritus de las tinieblas - que son lectores habituales de todo lo que escribo - manden un ejército de luciérnagas armadas para obligarme a rectificar lo dicho hasta aquí.
Eso ya ocurrió una vez, cuando el dragón del castillo de Alí Babá me amenazó diciéndome que si yo no declaraba públicamente que él existía, mandaría dos hechiceras que trabajan en el gobierno a visitar a todos mis lectores en el medio de la noche.
Bueno, ya me voy, antes que aparezca el fantasma de la ópera. ¡Shazam!…
Siempre pasa lo mismo. Mientras el tiempo se deja embaucar y acepta vestirse con el traje de hiedra que los años dibujan en la piel de la memoria, y los argumentos hasta ayer valederos se llenan de agujeros incoloros, y las leyes en cuyo nombre hacemos o dejamos de hacer se declaran en huelga hasta que la muerte las vindique, y el horizonte sucumbe bajo el peso inmortal del silencio reverente de los sabios los poetas y los dioses, la única respuesta que forjamos es mirar de reojo para otro lado como si fuéramos luciérnagas ciegas repletas de metáforas colgantes en las pupilas.
Siempre ocurre lo mismo. Mientras jugamos a pensar que debemos pensar y a proyectar lo que nunca haremos y a suponer lo que jamás comprobaremos, la realidad cae herida de muerte, y su agonía no acepta ni caricias anestésicas ni promesas alcanforadas, y a remolque de fracasos multiuso defenestramos atléticos deseos de futuro, y ancorados en tierra firme naufragamos como apenas corresponde a los buenos marineros.
Siempre que el amor se apersona en la puerta entreabierta de un instante mágico pidiendo permiso para volar por los aires cual mariposa de destrucción masiva, los atentos ojos del prójimo resplandecen de envidia lujuriosa mientras elucubran guerras santas contra el temblor de un par de labios ajenos que se buscan y contra el calor de dos cuerpos que se tocan y se tocan y se tocan.
Siempre. Siempre. Siempre somos nada más y nada menos que autores materiales y también intelectuales de todas nuestras dudas y de todos nuestros fallos y de todas nuestras muertes. Criminales y víctimas de nuestros delitos es lo único que somos, aunque siempre siempre y siempre, los otros son quienes pagan gran parte de la cuenta.
…Deseo que la verdad sea la madre de todas las palabras.
Que la esperanza sea el motor de los proyectos.
Que la alegría sea el premio de todas las victorias.
Que la solidaridad sea la cárcel del egoísmo.
Que el mañana sea el resultado de nuestras apuestas.
Que la fortaleza sea el antídoto de los fracasos
Que el empezar de nuevo sea la respuesta al desconsuelo
Que pase lo que pase y se haga lo que se haga y cueste lo que cueste, seamos los garantes de nuestros principios, el reflejo de nuestros valores, el producto de nuestros ayeres.
Que seamos más felices de lo que merezcamos y mucho menos infelices de lo que corresponda.
He sido apenas un testigo presencial del crimen. La madrugada miraba sin pestañear el incesto cometido por segundos y minutos hijos de una misma hora, mientras la orquesta no tocaba ningún vals acompañando al obstinado latir del tictac de la guadaña.
En un rincón de un rincón un grito contenido jugaba al escondite como si allí no pasara nada, y una pregunta sin fondo no esperaba su respuesta porque un mariscal del sinsentido ordenaba en todos los canales la rendición incondicional de la verdad y sus compinches.
Llovía sobre el lecho en que dormía bien desnuda la esperanza, y una pulmonía sin empleo buscaba con denuedo la complicidad de un estornudo que impidiera al silencio cantar sus fechorías, y desde el cielo raso tejían aplaudiendo las arañas de otros tiempos a pesar del hipo que la risa les causaba.
Desde el despertador la hora siete me cantaba las cuarenta invitándome a empezar a bordar un nuevo día. Acepté el envite y después, mientras enjabonaba mis dudas en la ducha, los restos inmortales de la noche se escapaban no sé cómo supongo que intentando encontrar el escondrijo del crepúsculo.
Sr. Juez: Protesto mi inocencia ante la absurda acusación que me imputa la violación y el posterior asesinato a sangre fría de la noche antes aludida, ya que no soy jefe ni patrón de las horas que se marchan, sino una víctima más de ese atropello con que el tiempo se entretiene.
Ruego a Su Señoría que a las pruebas se remita y me exonere de una vez por todas de esa injusta acusación, devolviéndome el valor y el derecho de poder seguir usando las noches por venir como nido de mi cansancio y colchón de mis insomnios”.
Esta es mi única verdad.
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Resumen de la Sentencia:
Habida cuenta… blablablablablabla…, determino que In dubio pro reo. Archívese y sálvese quien pueda.