|
|
|
CARTA DE AMOR
|
El gran amor de mi vida ha sido y an es una argentina. Lamentablemente las circunstancias no nos dejaron estar juntos. Algunos de ustedes seguro que la conocen porque se hizo famosa no solo en su país sino en muchas partes del mundo, mientras que yo continué siendo tan anónimo como en el día en que nos conocimos. Hace un par de años le
escribí una carta de la que guardo una copia que leo y releo muy a
menudo:
Siempre supe
terminar las cartas que hablan de nostalgia, de amores finitos, pero
nunca me fue fácil empezarlas, pues el inicio tiene gusto de otrora,
hondura de ausencia, vaco de ahora.
Amores pasados,
perdidos, partidos, apenas invitan al silencio, y la confesión, y la
soledad, florecen implacables en la punta de la lengua como
aullidos, como dagas, y entonces, al pretender la caricia, apenas
dibujo un lamento profundo, e intentando olvidar lo inolvidable,
despierto recuerdos que duelen como si fuera el renacer de la
partida y no un simple y tierno parpadear reminiscente.
Pero sí
aprendí
a decir que no te olvido; que el eco de tus pies retumba a cada paso
que camino en esta dulce amargura escandinava, acorralado entre
rubias disculpas y hermosísimas
mentiras.
Reveo los instantes y veo que el tiempo a destiempo me
enseña a
decir que te amo, que te lloro cuando es tarde, cuando la noche se
ha tendido para siempre entre nosotros como agua sin barco, como
margen sin río, como horas sin días.
Difícil comenzar a explicarte la nostalgia que me acosa, la angustia
que me asfixia, el dolor que me abruma, la culpa que siento, que no
es poca sino mucha, que no es vana sino justa. Y qué decir de los
minutos, ésos que insisten en gastar las horas recordando, y de esas
horas que viven recitando momentos que no vuelven, desatando
palabras que impunes y sin miedo se escriben letra a letra,
lapidando entre comillas un pedido de socorro, escribiendo entre dos
puntos un camino hacia el pasado, esculpiendo en mis orillas un
deseo exasperante de futuro.
Sí, no lo niego. Quise construir un puente de amor, un decir de
añoranza, un grito de esperanza, un pedido de clemencia. Ni más ni
menos, ni mucho o poco, ni tarde o nunca: un todo o nada.
Una carta de amor cuajada de promesas es lo que intento escribir y
no consigo, pues diciéndote que sí, que te amo y no te olvido, no
empiezo, sino termino.
Y eso hago, empiezo terminando con un resto de esperanza, que es el
fin de todos los principios, y repito como un disco que te amo, que
te amo, y que dejarte fue tan cruel como saberte lejos.
Y termino empezando, pronunciando tu nombre y apellido, lo que hasta
ahora apenas me atrevía, porque viviendo de amor, y no de amor
muriendo; porque sudando de ternura y no de angustia; porque
gritando de esperanza y no de rabia, es como digo que te quiero y no
te olvido, que te quiero y no te olvido, que te quiero y no te
olvido, Buenos Aires, Argentina.
Bruno Kampel - Suecia
|
