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Abrazado a la penumbra que florece en las páginas abiertas de la
noche, empiezo a sudar versos y caricias, y el silencio estacionado
en mi ventana se sonroja ante el latir desafinado de las venas de
los días que pasaron sin quedarse, ni decirme, ni traerte,
clausurando larga espera con valses que encendieran mi hoguera y
cirios que alumbraran mi condena de velar hasta que llegues.
Acostado en los bemoles de la noche que se instala - artesano de
dolores - contemplo el caminar del tiempo que galopa por los ríos de
las horas que se quedan, esperando que se vayan los recuerdos que me
atan como a un preso, que me ahogan como un beso, que me pesan, que
me pesan, que me pesan como un grito contenido, como un sordo que
declama, como un perro sin su dueño.
Rendido ante escribano, y arrodillado de frente como un Hombre,
decido desenvainar una muestra de esperanza, y colgando mis deseos
en estribos de tranvías que circulan por los ríos de las venas de mi
vida, confieso que te amo sin palabras, que te quiero sin arreos,
que te espero como un puente y te busco como un ciego, queriendo ser
la esquina en que me encuentres, como una caricia que reciten sobre
tu piel mis dedos, como un verso que exija tu cuerpo bajo mis
ansias, conjugando el verbo amarte en yo somos y tu somos,
resucitando el sentido de nuestro amor en prosa y verso, en carne y
hueso, en todo o nada.
© Bruno Kampel - Suecia
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